Sentí el camino rocoso en mi espalda, y el polvo ensuciando mi piel, el lodo salpicando mi alma.
Sentía un escozor familiar en las muñecas, y el golpeteo de los cascos en el suelo se repetía como un mantra.
Una tras otra, con el tiempo, mis extremidades dejaron de responderme, parecían vivas, y se movían por medio de una incercia semejante a hilo cañamo.
Abrí mis ojos, como siempre la nada estaba frente a mí, tranquila, inevitable, como el tiempo, como ésta existencia en la que se me arrastra a estar viva.
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